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Bethel Radio Arequipa

«Aunque tú creas que nadie te ama, Yo te amo.»

Erika Judith Llaique Ala comparte un testimonio de esperanza, restauración y amor incondicional. Desde una infancia marcada por heridas emocionales, temor y soledad, encontró en Cristo la respuesta que transformó su corazón y le devolvió la paz que había perdido. Su historia es una muestra de que Dios puede sanar las heridas más profundas, restaurar familias y dar un nuevo propósito a la vida de quienes confían en Él.

Desde muy pequeña tuve la oportunidad de escuchar de Cristo gracias a una hermana de otra congregación que reunía a los niños de mi barrio y nos llevaba a la iglesia. Durante un tiempo conocí el amor de Dios, pero cuando ella dejó de venir, ese acercamiento también terminó.

En mi hogar no se hablaba de la Palabra de Dios. Mis padres pasaban gran parte del tiempo trabajando y mi hermana mayor quedó a cargo de nosotros. Aunque hubo momentos felices, también hubo situaciones que dejaron heridas profundas en mi corazón. Poco a poco el rencor, la tristeza y la amargura fueron creciendo dentro de mí.

Al llegar a la adolescencia, el miedo y la soledad se apoderaron de mi vida. Llegué a pensar en huir de casa e incluso en dejar de existir. Una voz constante llenaba mi mente con mentiras: «Nadie te ama», «por tu culpa hay problemas en tu familia». Sentía que no había esperanza.

En el año 2009, unos tíos que habían tenido un encuentro con Cristo llegaron a vivir a Arequipa y comenzaron a hablarnos de Dios. Yo creía que no necesitaba arrepentirme, pero los conflictos familiares seguían aumentando y el temor de ver a mis padres separados llenaba mi corazón.

Todo cambió en enero del 2010, cuando mi padre aceptó la invitación para asistir a la iglesia junto con toda la familia. Desde aquel primer servicio nació en mí una esperanza que había perdido: la esperanza de ver un hogar restaurado.

Al domingo siguiente asistí únicamente con mis hermanas menores. Durante la escuela dominical para adolescentes, mientras todos orábamos, tuve una experiencia que marcó mi vida para siempre. Sentí que el Señor me abrazaba y escuché estas palabras:

«Aunque tú creas que nadie te ama, Yo te amo.»

No pude contener las lágrimas. Tenía apenas trece años y, por primera vez, comprendí que había un amor capaz de llenar todo el vacío que llevaba dentro.

Cuando terminó el servicio, el rencor que había guardado durante años había desaparecido. Dios cambió mi corazón, me dio fuerzas para pedir perdón a mi hermana mayor y restauró nuestra relación. La tristeza fue reemplazada por paz, y la desesperanza por una nueva vida.

Ese día comprendí que Cristo no solo cambia circunstancias, sino que sana las heridas más profundas del alma, restaura familias y da un nuevo propósito a quienes le abren su corazón.

Si hoy sientes que nadie te comprende, que tus heridas son demasiado profundas o que has perdido la esperanza, quiero decirte que hay un Dios que conoce tu dolor, te ama incondicionalmente y puede transformar tu historia, así como transformó la mía.